Mirando hacia atrás. Artículo para Fantástica Chile

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Este es un breve artículo que escribí hace un tiempo para la revista digital Fantástica Chile, en el que intento dar una respuesta a la pregunta sobre cómo surgió mi interés en el género fantástico. Lo único en lo que entonces pude pensar, y aún ahora lo hago, es en la máquina del tiempo de mi infancia.


Mirando hacia atrás —desenterrando recuerdos erráticos y nebulosos que se mezclan como fósiles en las rocas— ante la pregunta: ¿cómo ha llevado la creación de sus obras fantásticas y cómo surgió su interés por el género?, me parece difícil dar con una única respuesta. Habitualmente contesto que en algún momento, durante mis últimos años en el colegio, la lectura de las “Crónicas de Narnia”, de C. S. Lewis (y el goce que me significó), me ayudaron a descubrir las múltiples posibilidades de los universos fantásticos al momento de escribir. Eso es verdad en cierto sentido; fue una época especialmente mágica para mí como lector y como creador literario. Desde luego, dicha respuesta induce a un doble error: que algunos lectores que no conocen mi obra han creído que escribo como Lewis (y mi prosa no puede estar más alejada de un autor como de la suya) o que juzguen que solo a partir de ese momento quise escribir, siendo que es una inclinación que he manifestado desde que tengo uso de memoria, incluso antes de usar las palabras cuando, siendo un niño, utilizaba el lenguaje más primitivo de todos: el dibujo.

No es antojadizo que, en mi caso al menos, infancia, fantasía y literatura estén ligados. Mis primeros intentos literarios pretendían imitar los atlas ilustrados de dinosaurios que devoraba por montones siendo niño (una pasión que, lejos de menguar, ha crecido con los años), y mi juego favorito era imaginar que tenía una máquina del tiempo, con la que viajaba a la época pretérita en que habitaron esas criaturas maravillosas y también a edades en que la Antigua Roma, los caballeros medievales o los robots del futuro eran posibles; en consecuencia, con el correr de los años los siguientes libros que escribí abordaron precisamente esas temáticas.

Sí, hubo un antes y un después en mi carrera literaria a partir de las “Crónicas de Narnia”, pues ese libro me mostró, de manera consciente, que existía la fantasía como género y que bajo su alero podía descubrir a algunos de los mejores autores de todos los tiempos. Recuerdo con claridad cuando, enamorado como un quinceañero, me dije: “¡Este es! ¡Este es el camino que estaba buscando!”. Tenía entonces dieciséis o diecisiete años. Pero la génesis es muy anterior, pues hoy me doy cuenta que mis presentes intentos literarios, inconscientemente, han sido un permanente regreso a mis juegos de infancia.

La literatura es mi nueva máquina del tiempo.

Habiendo tomado esa decisión tan fundamental —y en cierto modo radical, habida cuenta de lo que en nuestro país se considera “buena literatura”—, lo lógico fue que quisiera escribir mi propia historia fantástica, y la comencé con esa pasión inocente y optimista que solo se tiene en la juventud; sabía tan poco de fantasía, que creía estar explorando territorios ignotos. La lectura de nuevas obras del género me ayudó a crecer como escritor —o eso quiero pensar—, y lo que no pasaba de ser una mera autobiografía con aventuras mágicas seudomedievales pronto cobró vida propia. Tardé casi veinte años en terminarla y publicarla, motivado por la inseguridad y por un ánimo perfeccionista que, al menos en lo literario, me persigue hasta el presente y que tiene características francamente obsesivas. Todavía leo “El último rey” y creo que tiene muchas cosas que podrían mejorar, pero si sigo pensando en ellas no podré visitar los otros mundos que tengo programados en mi máquina viajera.

Escribir durante veinte años una misma obra es una locura. Algunos de mis más apasionados lectores no tienen aún esa edad. Pero siento que, de tanto escribir y corregir, logré encontrar una voz propia. Jamás negaré que Tolkien es una de mis mayores influencias literarias, pero aprendí de él tanto como de Lovecraft, Williams, Bradbury o Asimov —mis abiertamente confesos autores de cabecera—, todos ellos de estilos disímiles entre sí, y tras lecturas más recientes estoy aprendiendo de Martin, Rothfuss y Hobb. El resultado no es un sincretismo entre todos ellos sino un gusto particular por ciertas formas literarias, por una específica estructura de los capítulos, por las imágenes cinematográficas que voy plasmando en letras o por el manejo del tempo y de los giros argumentales que, creo y espero, tienen mis novelas. Es habitual que un autor, sobre todo uno novel, afirme que escribe el libro que siempre quiso leer; en mi caso, no puede ser más cierto.

El fruto de tantos años de escritura no fue mi primera novela publicada, sino el recibimiento que esta tuvo por parte de los lectores. Siempre soñé ver “El último rey” en la vitrina de una librería, pero ni en mis mejores sueños imaginé que tendría la acogida que tuvo. Espontáneas muestras de apoyo, cariño y agradecimiento, comentarios y opiniones expresadas con igual entusiasmo que los que yo mismo emito por los libros que me gustan. Para uno como escritor es difícil pensar en un mejor premio. Los lectores, al fin y al cabo, son los auténticos motores de esta gran máquina de la felicidad que es la literatura.

Eso es lo que puedo decir de mirar hacia atrás, ante la pregunta: cómo he llevado la creación de mis obras fantásticas y cómo surgió mi interés por el género.

Mirar hacia adelante ya es otra cosa.

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